domingo, 23 de agosto de 2020

El MAgo y el Patas

El Mago y el Patas suben la escalera, pasan una puerta mosquitero de dos hojas y entran a la galería.
La galería es un rectángulo , tres paredes de madera y una con alambre mosquitero, la sensación de ser un lugar cerrado y protegido, y al mismo tiempo abierto, luminoso, a causa del alambre, con vistas al patio y mas allá la selva cerrada)
En una esquina está la bomba de agua, una manguera sale por un agujero en el piso y llega hasta el arroyo. La prueban, pero no funciona. Hay una mesa forrada de hule con flores estampadas, con agujeros y quemaduras de cigarrillo. Pasan otra puerta que da a la cocina. Prenden una de las hornallas del horno de hierro y ponen agua para el mate, El Mago muestra la casa, juega de local, alquila con unos compadres, “carnales”, dice El Mago desde que estuvo en México. La luz rebota en las plantas, cruza el mosquitero, y se tumba mansa sobre la mesa de la cocina y las camas, resbala suave y vegetal sobre las paredes y los pisos de madera. El Mago le acerca una mano a la cara del Patas y de atrás de la oreja le saca un porro, un porro finito y bien armado, un porro prolijo, “¿voy mejorando no?”, “¡¡ueeepaaaa!!”, es todo lo que tiene para decir El Patas mientras sonríe. Siguen con la recorrida para que El Patas se entere como funcionan las cosas. El baño con su inodoro y al lado un balde con soga para traer agua del río, dos habitaciones separadas por un pareo colgado con clavos, la cara de Marley estampada en el pareo.
El Patas siente que la casa entera es una planta ahuecada, una mezcla de enredadera y helecho, un hongo con partes resecas y oscuras pudriéndose junto a otras ramas carnosas hinchadas de savia y vigor.

Se sientan en la galería desde donde pueden ver el parque y el limonero, un paisaje cuadriculado detrás del alambre para los mosquitos. Esto desde adentro, vista desde afuera la galería es un jaulón y ellos dos unos pajarracos. El Mago saca un escarbadientes de plástico para limpiarse las uñas y con gesto de sobrado le pregunta “¿y? ¿Qué te parece?”.


- ¿Hasta cuándo la tenemos? –pregunta el Patas
- dos semanas –le contesta el Mago mirándose las uñas
- bien – dice El Patas y se queda mirando el hule y el patio, el hule y el patio.


El Patas se entretiene con las manchas. Un semicírculo desteñido de salsa de tomate. Un gotón verde de yerba con forma de cangrejo. Los pájaros parecen ponerse nerviosos a medida que va cayendo el sol. El Patas se moja el dedo con la punta de la lengua para después pasarlo por encima de un charquito seco de vino tinto. El Mago le vuelve a dejar un mate cerca de la mano, prende un cigarrillo, le da dos pitadas, lo apoya en un cenicero de plástico y se prende el porro.
Después de un rato de plantas, hule, manchas, mosquitero y faso, el Patas dice,

- Cuando la flora se excede es igual a la fauna
- Se sale de madre

El Patas le devuelve el mate. El Mago le pasa el porro que ya está casi vencido y se levanta para meterse en la pieza. Sale por debajo del pareo con un grabador. Pone un cassette de Bob Marley.

we are jamin,
i wanna jamin with you…
hope you like jamin too...

El Patas se acuerda de Bangkok, una noche, un 21 de diciembre, El Patas y el Mago caminan por las calles, el Patas se queda mirando la pierna estirada de un pibe que duerme en la vereda, la piel té con leche, un perro junto a los pies y otro en la cabecera, un cartel de cartón escrito en inglés ofrece pesarse por sólo 2 bath, una balanza de baño chata y blanca, la mente se le atasca en una rueda de gases calientes, los turistas pasean por la pasarela de Kao San Road, el chofer de un tuk tuk le muestra un folleto con chicas desnudas a un hombre que anda solo, se meten en una fiesta en la terraza de un bar, una cresta punk entre los inglecitos de camisita, vuelta al hotel por una calle angosta, un grupo de gente formando una hilera duerme en el piso cubiertos con mosquiteros. El Mago y el Patas se conocieron en Laos, en el hotel de un laosiano que había estudiado arquitectura en Cuba, después se fueron para Bangkok.

martes, 28 de julio de 2020

Semáforo

Camino por la calle a un ritmo constante, una marcha que tiene algo de gloriosa. La tierra vibra en mis pies con cada paso. Voy haciendo, sin saber cómo, que las luces de los semáforos cambien de manera que mi marcha no se detenga. Semáforo es  el que lleva las señales. No abuso, cuando estoy por llegar al cordón ya les doy paso a los autos. Sólo uso el verde y el rojo. No hay, no puede haber, precaución en esta marcha.   

Entro a casa. Dejo el teléfono y las llaves en la mesa. Pruebo unas chauchas que dejé en la olla y escucho al locutor de la radio que dice, ¡bien, llegaste! Y empieza un tema. Vengo a escribir.

Vuelvo a la cocina y lavo arroz pensando qué banda será la que está sonando. Cantan en inglés y no llego a entender lo que dicen. Pongo el arroz en el fuego y termina la canción. La primera voz que escucho me dice la ciudad te está escuchando. No lo puedo creer, soy puro asombro.

Mientras escribo suena el timbre. La voz en el portero me dice al oído que es el empleado de Gamuzzi, que necesita tomar los datos de los medidores de gas. Cruzo el pasillo y le abro. Se agacha y anota en su planilla. Le miro el corte de pelo y la mano escribiendo en unos casilleros. Huelo el desodorante fuerte que usa. Veo por último su espalda saliendo y su voz grave que me dice gracias campeón. Cierro y me meto en casa pensando que alguien se está riendo conmigo.   

lunes, 3 de junio de 2019

Esta realidad


Esta realidad
Estas experiencias
Específicas
y estas encías

A menudo
El destete
De un yo
que es una boca
Que afirma o niega

Ni amor ni odio
Ni éxito ni fracaso
Un apetito
Dos
Tres
Apetitos

Deseo de ser ver
Y de ser visto

Escucho voces 
que hablan de mí
Como si ya no estuviera
Viste como era Pablo”
Dicen las voces de otra mesa


sábado, 13 de abril de 2019

Todo claro



Una noche en un bar conocí a C., un judío rebelde con su comunidad que en el departamento en donde vivía (prestado por otro de la comunidad menos rebelde) me tiró sobre la alfombra un ejemplar de Mi Lucha, una edición chilena de tapa negra y caracteres amarillo huevo.

- A la historia hay que leerla de primera mano –dijo mirándome desde arriba como un Saturno.

Yo estaba sentado sobre la alfombra, grabándome los discos completos de Joy Division.

Miré casi de reojo ese libro negro sobre la alfombra beige y enseguida volví a la pantalla. Le dije “si claro” mientras veía subir el porcentaje de grabación. Hacía horas que le venía diciendo muchos “sí claro”, él hacía como que no se daba cuenta y seguía con su verborragia. Tenía tanto para contar que se desangraba. Yo lo entendía. A veces se ponía violento y me enfrentaba. Se me ponía muy cerca de la cara, mirándome a los ojos.

- ¿me entendés? no, vos no me entendiste, mi vieja, que mi vieja dijera eso me sacó, no me lo esperaba ¿entendés?

No podía parar. Eso fue claro desde el principio. Por eso en un momento le dije que me convidara de lo que estaba tomando. Se lo dije con sorna, para tratar de frenarlo. Él lo tomó literalmente y me invitó a subir al baño. Se metió en uno de los cuartitos con inodoro. Yo me quedé afuera meando en un mingitorio. Salió y se fue para abajo, otra vez a la barra. Entré al cuartito, cerré la puerta. Sobre la tapa del aparato de donde sale el papel higiénico hay una chapita con dos canaletas para apoyar los cigarrillos. En una de las canaletitas había un montoncito de merca que me aspiré con un billete de cinco pesos.

Cuando llegué a la barra me estaba esperando.

- Mirá, te lo aclaro desde el principio, todo bien, ahora tomamos y todo bien, pero yo le convido a quien quiero y cuando quiero, que quede claro, te lo digo para que sepas, está todo bien, pero si digo no, es no.

Yo lo miraba a los ojos. Cuando terminó le dije que se quedara tranquilo. Él repitió su idea una vez más.

- Cuando digo no, es no.

Sonreí. Esto lo hizo pensar y se quedó callado. Entonces le dije “mirá, no hace falta que me aclares nada. Está todo claro”.


“¿A dónde vas a pasear esta noche, querido amigo? ¿Has renunciado a la carne? ¿Estás desarmado y vacío, en manos de la Gracia? ¿Puedes dejar de hablar? ¿Te ha llevado la soledad al éxtasis?”  L. Cohen 

lunes, 11 de febrero de 2019

El pibe en la plaza Castells


A la sombra de
Un eucalipto gigante
Infectado de cotorras
El pibe que junta
La basura en la plaza
Está parado cambiando la bolsa

Tiene puestos los auriculares
Una gorra
Con la visera hacia atrás
Y está rapeando
Con cara muy seria
Una canción súper combativa

viernes, 1 de febrero de 2019

El broche



una media
una sola media cuelga
de la soga en el patio

un broche
uno solo azul aprieta
la media seca que cuelga
de la soga en el patio

estar no necesita sangre
ser no necesita un pie

estar de pie no simboliza un sable
ni arrodillarse implica querer saber

doblás la ropa sobre la cama
como si fuera un baile
y cuando te abrazo por la espalda
sabés caer diciendo
¡uy cuánto amor!

romper el fuego es como mirar el agua
y regar las plantas como saber comer

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Suficiente



Legamos lechos para que los demás descansen,
se agiten mantas, se cubran serenos
del polvo, del viento,  herederos,
del aire la era la ciega capa,
el filo de niebla que atraviesa cerebros,
veladores del cielo, navegantes y hacheros,
buscadores de sobras con lupa,
adoradores del fuego.

Del óxido herreros legamos lechos
para que se asienten cencerros,
en la tibia huella y la astillada boca,
las copas de hojaldre nos celebran el pecho,
nos sacuden el día cuidadores del riesgo,
de la cama rozando la pared de la cueva,
de la luz proyectando la sombra del techo,
y queremos ser rescatados
ser sanos, sabios, ser santos.

¿Qué quisiste decir cuando dijiste
eso no es suficiente?

sábado, 20 de octubre de 2018

El doble




Miro desde atrás de mis ojos
los rostros que me hablan
mi boca que contesta
mis manos quietas
sobre mis piernas cruzadas
mi espalda encorvada
los gestos y los movimientos
mis pensamientos
los miro
desde atrás de mis ojos
todo es una vidriera
incluso mi ropa tiene un cartel
con el precio de oferta y cuelga
sobre el cuerpo rígido
de un maniquí sin cabeza.

Amoldate


a lo gratuito
a estar de más
a ser adornos 
de la desmesura
a andar con tacos
dando saltitos

Soltarlo todo



Ella mordía una manzana.
Él tocaba la palma de su mano.

Ellos reían sin parar.
Ella corría descalza sobre la arena.

Él soportaba el calor y el olor a transpiración
que a esa hora llenaba los colectivos.
Ella halagaba su peinado.

Ellos se besaban en la escalera mecánica del Corte Inglés.
Ella abrazaba a su perro y lo retaba por no quedarse quieto.

Él escupía mientras caminaba a su trabajo.
Ella fumaba escuchando los ruidos que venían de la calle.

Todos sabían.
Nadie hacía nada.
Él esperaba el momento de soltarlo todo.

Puré de papa y batata


 


Papá sabe decirme batata
¡Batata!  
me dice
¡Sos un batata!

Y yo le contesto
¡Hasta el infinito y más allá!

Entonces él me brota la cara
con su idea de entierro.


jueves, 18 de octubre de 2018

El otro lado del mar


 

Lámpara,
vaso de luz sin freno,
agua que sopla las sombras
alrededor de mi mesa,

humo y cáscaras de pintura,
humedad,
un busto póstumo hecho de plastilina,
papeles de la memoria perdida,
y sonidos que la calle rechaza sobre mi ventana.

Días provechosos.
Todo se queda en las palabras,
o,
mejor dicho,
en la asquerosa impotencia.

La rutina del trabajo.
Todo en la vida parece exigir paciencia.
Paciencia, algo ha de acontecer.
Sucederá.
Mientras tanto es necesario esperar,
mantener la calma.

Ámbitos existenciales: colina, bosque
y centro de manzana,
roces de luces por la avenida.
Galerías de poder hipnotizante.
El cuento que a todos nos gusta
antes de ir a la cama: mañana cambio. 

Salgo a la calle.
Hace frío y ya es de noche.
Nadie contesta al otro lado del mar.
Tiro unas piedras y me vuelvo casi decepcionado.

¿y que hace mi queja sino alterar
el sonido de este bosque mudo?

Aguardar el prado. La llanura ilustre.
La pendiente del día se llena de luces
y se cierra el cielo hasta mañana.
Me siento a esperar.
Algo sucederá pronto.
Pronto Pasará pronto.
Un bosque raquítico engorda las plazas.


alrededor de su balbuceo,
las hojas caídas.

Esto podría no estar sucediendo.
Hasta podrías cambiar de tono.

Una ventana no deja de golpearse.
Su sonido es un ala de cartón mojado.

Se fue haciendo de noche, comencé a notarlo,
pero me perdí ese punto en que oscuridad y luz se confunden,
ese eslabón de plata y diamante donde el cielo y la tierra se mastican.

Ahora es de noche y la luz
nos mantiene acá adentro,
en su laboratorio.

Esto podría no estar pasando.
Ni siquiera es así como sucede.
Hasta podrías cambiar de tono.

Junto a la ventana hay tres flores abiertas
llegando al punto de quebrarse.
Tres flores blancas y la chica
que se escondía acurrucada en el cajero automático,
con cara de vergüenza,
fumando descalza mientras se abrazaba las rodillas.

Tres flores blancas entré para sacar plata.
El olor era asqueroso.
Antes de mi hubo dos señoras que no se animaron.

Puse el código secreto y mientras la maquina contaba
la miré con vergüenza, le guiñé mi ojo nervioso,
un acto reflejo para escaparme y girar la cabeza
mientras ella sonreía cansada tan solo por un instante.

Por encima de las tres flores se mantienen en pie
otras dos que todavía no se abrieron.
Son dos muñones verdes.
Dos cohetes que apuntan al techo.
Estas flores se abren con una velocidad sorprendente,
aún así nos preguntamos si llegarán a hacerlo todas.

Les cambiaré el agua.
Las dejaré nuevamente junto a la ventana.
Veremos.

Los vidrios oscuros reflejan el interior de la casa.
Por detrás se asoman las ramas del limonero
movidas por el viento.

Hay música de gas, bailarinas de pastel
girando escondidas en el ojo de la cerradura,
sonriendo al ver lo que hay del otro lado de la puerta,
tapándose la boca, los colmillos, 
y esto quizás nunca pase,
ni acabe, ni un rastro,
ni siquiera cambiar el tono.
¿sería necesario?
¿es que hay algo que sea necesario?

Mañana miraré las flores cuando me levante.
Ese sería un final.
Las tres tal vez ya se hayan quebrado.
Las dos quizás nunca lleguen a abrirse.

Compraré nuevas cuando todo esto pase.
Volveré al cajero automático con un muñón verde en el ojo.
Dos cohetes que apunten al techo y la luz sobre las ventanas.

Los ojos de ella cuando busca un pincel en el tarro.
Un ala de cartón mojada.
Sus manos cuando entran entre las cosas.

En una fiesta



Estamos todos en una fiesta
Y nos planteamos cosas.

- Sucumbir al Tacto
- Desperdiciar el tiempo

Ella deja la marca de sus labios húmedos
en el borde azucarado de un trago
Y yo veo como la costra de pétalos,
del oleaje y su roce, nos marea.

Llamitas azules si, eso es,
de gas, eso te gusta,
pero mejor vámonos a la calle
a la calle, te digo,
a la puta calle, nos vamos,
que algo apesta,
que todo pesa,
que nada pasa,
que algo tiene prisa.

Liso


Liso



cuando como un soplo estéril
el aire te atraviese vivaz,
enhebre los edificios
y juegue con las pruebas
por los sótanos de tu cama.


cuando amarre el viento
su época en las ciudades,
santifique los campos,
descorra los gestos
grabados en las ventanas,
cerrojos de nadie,
y sea la llama que barra los parques,

LIMPIEZA y SALUD, las plazas,

CERTEZA. para todos.

Cuando se mueva al fin veloz,
el barro en el polvo,
libre del cuenco y la grieta,
melodía del aire curada su deuda,
saldados los años en el recio paisaje,
y liso,
bien listo para comenzar de nuevo,
para que se duerma la esfera
y se rompa de los miembros
la falta de alcance.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Una crónica que comienza

El Calafate, Santa Cruz


Amanece nublado y con el mismo viento de los últimos días golpeando en la ventana. Caliento agua para el café moviendo las cosas en silencio. De las tres puertas en línea sólo la mía está abierta. No logro recordar la hora a la que me pasan a buscar: las siete o las siete y media. 

Suena un despertador detrás de una de las puertas. Alguien lo apaga. Son las siete menos cinco. Me pongo la campera, agarro el bolso con la cámara y salgo a la calle.

Las siete y treinta y cinco. Nadie aparece. Empiezo a preocuparme por algún malentendido, pienso en la posibilidad de ir hasta la agencia de viajes que me vendió la excursión y camino hacia la esquina. El catamarán sale a las nueve y de acá al punto de salida, Puerto Bandera en el Lago Argentino, se tarda  más o menos una hora.

A las ocho menos cuarto un colectivo frena en la puerta de mi hotel levantando una nube de tierra en la que se distingue una persona con una planilla. Tengo que correr unos cien metros, mientras la persona de la planilla comienza a mirar para los costados buscando a su pasajero. Así empiezo mi día de visita al Glaciar Upsala y Bahía O Nelli.

Hay dos caminos que van para la zona a la que nos dirigimos, el más corto, la ruta 11 que bordea el Lago Argentino, está siendo asfaltado. La ruta 15 es algo más larga. Pasamos por la estancia Anita. El colectivo tuvo que tomar por un camino de tierra. 

Era el año 1999.