Tanto esto
Cómo lo otro
Tanto tanto
Cómo diciendo
¿Qué tiene de raro?
Para transmitir
Este estado
Me despierto
Pensando
¡No puede ser!
Tanto esto
Cómo lo otro
Tanto tanto
Cómo diciendo
¿Qué tiene de raro?
Para transmitir
Este estado
Me despierto
Pensando
¡No puede ser!
Lecturas: “Pero el ser hablante subsiste gracias a este filón de metáforas,
quiero decir que este es para él el pan y la levadura”. Reflexiones de recién despierto:
¿cómo? Lunes. Primer lunes del año. Ayer le decía que lo peor no es una catástrofe,
lo peor es siempre lo mismo. Como una imagen acústica que se mastica el ruido
del cepillo mientras Gilda barre serpentea. Los ecos que suben de la cocina
anuncian rimas y convenciones. El spray que mata a los mosquitos en aerosol nos
ilumina. Aquí se trata de acontecimientos en los márgenes del lenguaje. Como una
fila interminable de coches blancos que se movía a paso de tortuga por la
costanera del lago. ¿qué buscaban? ¿qué
deseaban? ¿Nada? ¿Moverse? Era domingo. Y había parado de llover. El movimiento
era como una necesidad gástrica. Así las cosas, ya no voy a volver a comer, se decía
y repetía, uno, nunca más. ¿hay acaso una razón mejor para escribir? Gilda
pinta flores con acuarela al otro lado de la mesa.
Me despierto de madrugada
ladra un perro en la distancia
ladra una frase en mi cabeza:
"y un día
ya no nos vimos más"
no sé a qué se refiere
pero ladra.
Cómo se remonta una ausencia
me pregunto en la cama
miro el techo
escucho el perro que ladra
en qué viento se apoya
para subir.
Por lo tanto la presencia
las
interpretaciones
esa
estructura
y esos
campos alambrados
De
ningún modo el orden
sus
variedades
en cada
una cada vez
y esas
hileras de postes
que
constituyen hablando
cuadriláteros
una
virtualidad
junto
con esos charcos
siempre
recubierta
por un
tema
una
problemática
esos
cardos
en suma
es decir
tanques
australianos
Una
sociedad que no sea
aún si
exprese esos campos
esa
sociedad tan sólo
no
significa por lo tanto
Por la tarde las golondrinas se persiguen. Una mosca zigzaguea frente a mis ojos cuando miro hacia afuera a través del ventanal. Detrás de los vidrios brota la Santa Rita apoyada sobre el limonero seco. Racimos de limones gordos cuelgan del árbol del vecino.
Un pájaro negro con una lombriz en el pico naranja se estaciona sobre la Santa Rita. Ladea la cabeza un par de veces, veo su ojo, ¿me está mirando? ¿Es eso un tordo? Desaparece tan rápido como llegó.
El viento suave mueve las plantas. A mis espaldas escucho las notas que ensaya mi hermano en la trompeta como escamas de metal. Me acuerdo de dos gitanos, que pescaban subidos a un barco pesquero amarrado en el puerto, el fin de semana pasado, con sus cadenas de oro alrededor del cuello y las muñecas, los brazos saliendo de la camiseta sin mangas, su aire de guapos, sus latas de cerveza y un jilguero en la jaula que dejaron apoyada hacia un costado.
“El
maestro no sabía nada más que esto: reirse. Un hombre así es raro en el mundo,
pero, después de todo, no deja rastro alguno.
El hombre perfecto carece de yo, el hombre inspirado no deja demasiadas huellas de su obra; el hombre santo deja influencias sin conseguir fama.”
(Chuang-tzu)
El motor de la heladera. El ruido de una sirena. Una piedra que trajimos del mar está apoyada sobre el piso junto a la puerta. El ruido de los coches. El gato duerme en el sillón. Un libro de Haikus, los esbozos de Kerouac, Chuang-tzu y sus obras completas, un pedazo de caña cortada para que sirva de pluma, la punta manchada con tinta china, hebras de té hinchadas en el fondo de un vaso, la voz de la vecina, cinco limones en una frutera, campanas de la iglesia, una flauta de caña, el graznido tristón de una gaviota, un anotador en blanco, una regla de La Caixa, muerte en Persia, la funda de una cámara de fotos, un cuello polar, un lápiz, los pasos del vecino en el techo, la voz de un chico, chillidos de golondrinas. Una tela bordada con flores de colores que mi hermano trajo de China cubre la mesa.
Pongo agua a calentar. Pasa un avión. Mi hermano aparece, se come el resto de un pan y vuelve a su trompeta.
Después aparece Chet. Me huele los dedos del pie y bosteza, se da unos lengüetazos, va hacia su plato, se lo queda mirando y vuelve al sillón en donde retoma la lengüeteada.
Camino a la biblioteca, hace un rato, me cruzo con el que fue mi jefe hace algunos años. Sonreímos, nos damos la mano. Le gusta la gente políticamente incorrecta, lo hace sentirse ¿amplio?, ¿superado?, no puedo explicarme de otra manera su actitud conmigo.
- ¿qué te paso?
Me lo quedo mirando en silencio. No sé qué contestar.
- Se te voló la cabeza –me dice con gesto paternal.
- Sí, se me voló la cabeza
- Bueno, no pasa nada, así se aprende –concluye cerrando el tema.
Le noto la cara hinchada, la papada. Me cuenta que aquel que tanto quería jubilarse finalmente lo hizo, y ahora anda algo arrepentido, no sabe qué hacer, y yo me acuerdo cómo criticaba su trabajo, y que me decía “al final te enganchan”.
Me cuenta que aquel otro tiene cáncer, “está vivo” dice, y me acuerdo cómo fumaba, que era bastante soberbio, le gustaba navegar, andaba siempre bronceado y tenía un niño pequeño rubio bien rubio.
Por su parte, mi ex jefe, ya tiene un niño y una niña, 2 y cuatro años. Me acuerdo que alguna vez intentó explicarme por qué se consideraba el hombre más feliz del mundo. Me pregunta en qué ando, invento un par de cosas y nos despedimos sonriendo. Ja. El hombre más feliz del mundo. ¿No te jode?
Ahora se oyen jilgueros o gorriones entre las plantas de los patios, ¿quién soy yo para andar tomando notas como un ladrón? ¿Quién soy yo para violar, violentar, voltear la intimidad de los seres y las cosas? ¿Quién para romper este silencio sagrado? Es como espiar, robar o quebrar un huevo para tirar la cáscara.
El tronco seco del limonero. Los nudos. Las moscas inquietas por encima de las hojas verdes. De las violetas sin flores. Las flores marchitas de un rayito de sol. El sol naranja del atardecer contra una medianera silenciosa. El vaivén de una rama. Los pies fríos. Las ojotas negras gastadas, con restos de espinas. El gusto amargo de la cerveza que cuando era chico no me gustaba. El catarro del tabaco en la garganta. Cuando era chico me daba asco tocar un cigarrillo con los dedos. Las manchas de la pintura descascarada. Mi gusto actual por lo viejo lo roto lo abandonado. ¿Actual? Mi falta de coraje para salir a la calle y encontrar un puto trabajo. ¿Coraje?
Las golondrinas parecen desesperadas con tanto cielo mientras atardece. En la cima del limonero seco el gato mueve la cola. Mis pensamientos parecen desesperados rebotando en un espacio sin límites a pesar del cráneo seco. El gato mueve la cola desde arriba como si estuviera saludando a los que miramos desde abajo.
Viéndolas de espaldas, mientras ellas miran las bandejas con cortes de carne, es evidente que son madre e hija – ¿o sería su abuela?-, la forma del cuerpo, la altura, sólo que la joven lleva el pelo a lo The Cure, a lo Tim Burton, y la vieja la cabeza como una avellana. Después se paran en la sección de fiambres, junto a ellas un viejo grandote, encorvado y con una joroba, ¿cómo podría explicar lo significativamente insignificantes que me resultan estos tres seres?
Palma de Mallorca.
30/04/2009
Lo que Kafka
Quiso decir
La gloria
De tocar
A alguien
Con palabras
De la noche
Lo borra.
La noche
También es
Un sol,
Dijo uno.
Lo mismo
El agujero
Del culo,
Dijo Bataille.
Tres de la mañana.
La tos del vecino retumba en la pared.
Tambores africanos. Alguien ha muerto.
En la oscuridad del desvelo,
donde anida el búho la pupila irritada,
rasgo las últimas telas
y del sueño el diamante muelo,
cuando anuda el puño la cara cegada,
en la habitación vacía,
la perla más rara,
engarzada en la frente,
lanzada y echada se arrastra por el piso,
entre la lengua de las flores y de las cosas mudas,
supura su rabia pura,
derrama el áspero néctar,
los tambores de la farsa naufragan a todo galope,
y se posan desnudas,
se abren camino, sus uñas,
grabando un trono furioso y en calma.
Tres de la mañana.
Tose un viejo solo en su casa.
Cazadores del fuego con la quilla quebrada
y el borracho timón
las velas se abollan hacia puertos de cera
y bahías en coma;
exploradores del viento,
de la raya de sangre en el ala blanca,
y del suave nácar por la vertiente no,
de caderas y corrales,
descosiendo ignorantes para que suelten la arena,
en desiertos de relojes, en conciertos de calderas,
con la flecha que señala la dirección de la niebla,
a través de pastizales y las grietas de la herencia,
mastico de a poco el vacío,
donde coágulos de empeño subrayan la mirada,
la distancia que separa dos combates,
la intención y el desalojo,
la ilusión y el desconcierto,
de la llama el alimento y el terror
de la ceniza con su calma,
a escondidas de los soles
que descansan bajo un párpado,
desciende en las ventanas un cielo traicionero,
la oscuridad del día se vuelve insoportable
y de la luna,
exprimida hasta el hartazgo por los siglos,
ya no cae ni el hollejo.
Tres de la mañana.
La luz y la sombra:
el cuerpo del tambor.
Quise una luz que alzara una sombra
¡Upa! que diera fe de mi cuerpo
sin embargo absorbido,
por lo ido oscuro nuevamente,
en su fuente duro
se hunde un cuerpo,
desconsuelo de la luz,
máquina blanda que ladra y calcula.
Estiro la lengua y no me alcanza,
para peinarme el lomo esta noche.
Sobre
la mesa:
una
caricatura de Dylan Thomas
y
una pila varta.
Sobre
la mesa:
dos
hojas secas de marihuana,
un
clip,
y
ocho libros en una montaña.
Sobre
la mesa:
Un
pocillo con tres colillas
y
cinco fósforos quemados.
Naturaleza
muerta
sobre
la mesa
y
en un diván:
-
Aprendé a sentarte derecho
Hacé el favor.
Escribir
la fascinación-tiempo,
de modo que,
porque me concierne
me ocupa,
es disponer permanecer
sobre la ausencia ya-no-hay-mundo
¿y esto por qué?
Pues parece que supiéramos
algo que rebalsa, significa,
se ha desplazado
la palabra soledad,
y sin embargo,
¿solo?;
Fantasmas,
patéticas no discutiremos.
¿Y por qué esto?
Pues hay palabras.
Ya están listas.
Ladran.
Silban.
Bailan.
Sombras.
¿De dónde vienen?
¿A dónde van?
¿Sobre qué se sustentan?
Giran sobre muecas,
donde arde el plateado miedo
y borrachas por la niebla eléctrica
que les martilla los ojos
se tambalean,
se apoyan en olas gigantes,
en olas pequeñas,
no encuentran la llave,
la imagen que les abra la puerta,
y se las lleva la espuma
que fermenta las flores,
una bruma, una broma
dulce y muda como el fuego
el humo de los crematorios,
o el carozo esencialmente ese
soledad.
O sea.
Mastico un huevo inclinado sobre el plato. No sé en qué pienso ni miro lo que tengo abajo. Mis hombros se contracturan.
Soy una especie de ser inclinado sobre su plato. Usando sus manos para llevarse la comida a la boca. Dos pinzas, dos patas, dos pezuñas.
Un ser que ingiere, procesa, asimila y desecha. Un transformador que produce energía para seguir en movimiento.
Por un error de cálculos también parezco tener cierta capacidad para observarme. Ahí empiezan los problemas.
Ya ni siquiera resisto haciendo trabajos manuales. Flota la cara confusa, deriva y esconde, fecunda, la mano en un cajón de su espalda.
Que tiembla y tose
que
muerde aguarda
transpira
un ruido
un brillo rueda y desciende:
escalofrío
metáfora.
Joroba
de sal tu ensueño
respira
poco aúlla
en la
acidez cavila:
desequilíbrio
metáfora.
Condensa el frío la escalera ósea
hacia
el umbral del cráneo,
la nuca, o sea, el vaivén oculto,
el
cesto de la mano apunta:
perturbado metáfora.
Acota
ingenuidad define,
fragmentos
del azar
en el
devenir sensible
exploración
violenta de las ideas,
a
través del jardín de cosas,
las ideas y el transporte,
o sea:
la
metáfora escalofrío.
Salvajes
enredaderas
Entre flacos relámpagos
Alguien
se pone a escribir
Algo
insólito
Soy de
piedra
Camino por la calle a un ritmo constante, una marcha que tiene algo de gloriosa. La tierra vibra en mis pies con cada paso. Voy haciendo, sin saber cómo, que las luces de los semáforos cambien de manera que mi marcha no se detenga. Semáforo es el que lleva las señales. No abuso, cuando estoy por llegar al cordón ya les doy paso a los autos. Sólo uso el verde y el rojo. No hay, no puede haber, precaución en esta marcha.
Entro a casa. Dejo el teléfono y las llaves en la mesa. Pruebo unas chauchas que dejé en la olla y escucho al locutor de la radio que dice, ¡bien, llegaste! Y empieza un tema. Vengo a escribir.
Vuelvo a la cocina y lavo arroz pensando qué banda será la que está sonando. Cantan en inglés y no llego a entender lo que dicen. Pongo el arroz en el fuego y termina la canción. La primera voz que escucho me dice la ciudad te está escuchando. No lo puedo creer, soy puro asombro.
Mientras escribo suena el timbre. La voz en el portero me dice al oído que es el empleado de Gamuzzi, que necesita tomar los datos de los medidores de gas. Cruzo el pasillo y le abro. Se agacha y anota en su planilla. Le miro el corte de pelo y la mano escribiendo en unos casilleros. Huelo el desodorante fuerte que usa. Veo por último su espalda saliendo y su voz grave que me dice gracias campeón. Cierro y me meto en casa pensando que alguien se está riendo conmigo.